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Categoría: Comando Cultural "Os Rabiscos"-Carlos Taibo

Comando Cultural Os Rabiscos, Carlos Taibo, Socialistas y populares ante la crisis.

sarampelo 24/09/2009 @ 22:33

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Artigo de Carlos Taibo para O Mañanceiro  

Socialistas y populares ante la crisis  

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Carlos Taibo  

De un tiempo a esta parte, y con la crisis como motivo principal, los dirigentes de los dos principales partidos españoles, socialistas y populares, se tiran los trastos. Lo hacen de la mano de un espectáculo que a algunos nos parece bochornoso, tanto más cuanto que al cabo oculta que tirios y troyanos defienden proyectos muy similares.                   

      El PSOE --empecemos por él-- se halla entrampado, desde hace dos decenios, en una lamentable aceptación, sin trucos, de la vulgata neoliberal, de tal suerte que cuando sus responsables afirman no poder hacer esto o aquello, olvidan a menudo que ello es así porque han acatado las reglas del juego impuestas por otros. Esto al margen, chirría por todas partes el discurso socialista en lo que se refiere a cuál es el origen de la crisis en curso. Si primero se nos dijo que la causa era la desregulación imperante en la economía norteamericana, más adelante se lanzaron dardos contra muchas de las políticas que habían alentado, años atrás, los gobiernos del Partido Popular.

          Obsérvese que no hay del lado del PSOE ninguna voluntad de aceptar la responsabilidad propia en el asentamiento de una economía, la nuestra, lastrada por la especulación, la desregulación --de nuevo-- y, en su caso, la corrupción.      La certificación, sin embargo, de que el Partido Socialista no estuvo a la altura --permítasenos este eufemismo-- en su digestión de un modelo económico infame ocultado por altas tasas de crecimiento casa mal, claro, con la cacareada defensa de políticas sociales avanzadas. Aún hoy, nuestros gobernantes muestran mayor preocupación por la estabilidad de bancos y cajas de ahorro que por la atención a quienes, los más débiles, son por lógica quienes más sufren con la crisis.                         

        Para que nada falte, y se diga lo que se diga, no hay ningún plan que merezca tal nombre del lado del gobierno español. Ahí están, para testimoniarlo, y a manera de palos de ciego, medidas que se anuncian y después se retiran, o en su caso se corrigen de forma abrupta. Desconfiemos, por cierto, de quienes dicen que por detrás no hay sino un mero problema de comunicación. Lo que hay son, antes bien, enormes temores al que dirán que ocultan, como siempre, prosaicos cálculos electorales. Ahí está, en los últimos días, el anuncio de que subirán los impuestos para las rentas más altas, al final reconvertido en una apuesta, la enésima, por el incremento de los impuestos indirectos. Como está la bochornosa decisión de recortar de forma espectacular los fondos destinados a investigación y desarrollo.                    

           Cerremos nuestras consideraciones en lo que hace al PSOE con la identificación de un formidable fiasco: el de la economía sostenible. Aunque ya sabíamos que algo olía mal --la decisión de subvencionar con fondos públicos la compra de automóviles era una franca agresión a cualquier proyecto de sostenibilidad, como lo es la apuesta por la construcción de autovías y trenes de alta velocidad--, las noticias se acumulan para llegar a una conclusión llamativa: lo que Rodríguez Zapatero tiene en mente de la mano de un proyecto aparentemente tan ambicioso como el que nos ocupa es el designio de garantizar que la economía sigue creciendo en el tiempo --que se sostiene, vamos--, algo que muchos entendemos que es la antítesis de cualquier proyecto de sostenibilidad que enfrente en serio los problemas medioambientales y de recursos que el planeta arrastra.                    

            Bien es verdad que el Partido Popular no sale mejor parado. Aunque sus responsabilidades en materia de digestión de la crisis son, por lógica, menores, la agresividad de las declaraciones de sus dirigentes contrasta poderosamente con la liviandad de sus propuestas y con la defensa de los intereses de siempre. Y es que --parece-- el Partido Popular prefiere olvidar que el modelo que postula es el que mismo que ha conducido a la crisis en que estamos inmersos. Escondida tras la palabrería que dice defender a los desvalidos se halla la misma monserga de siempre: no toquemos los beneficios empresariales, porque de lo contrario estaremos socavando los cimientos de la economía. Para certificarlo, ahí están nuevas propuestas en materia de desregulación y de privatización a las que el gobierno español, dicho sea de paso, no hace ascos. Es cierto, eso sí, que el PP de un tiempo a esta parte gusta jugar la carta de las clases medias. Nadie explica, por cierto, qué corresponde entender por tales en un escenario en el que parece como si hubiera dos grupos de privilegiados: las grandes fortunas, que son una escueta minoría intocable, y las clases bajas, que vivirían orondas y felices...   

            El círculo se cierra con el sarcasmo con que el Partido Popular responde a las propuestas gubernamentales que apuntan --o eso quieren hacernos creer-- a una economía verde. Una cosa es que se señale la inanidad de las políticas que el Partido Socialista defiende y otra que se soslaye por completo que los problemas en materia de agresiones al medio y agotamiento de recursos existen. La frivolidad en unos casos, el silencio en otros, con que el partido Popular afronta materias tan delicadas lo sitúa en la órbita de la derecha más ultramontana.                      

              Al final, y si se quiere hilvanar una conclusión, lo suyo es recordar que cuando nuestros dos principales partidos juegan a que nadie debe perder --en el peor de los casos algunos deben ganar menos-- lo que nos están ofreciendo es más de lo mismo. El capitalismo global no sólo es un sistema injusto: se muestra hoy  manifiestamente ineficiente y dramáticamente depredador. Si no salimos fuera de sus fronteras, en el supuesto de que estemos abandonando la senda de la crisis hay que preguntarse cuánto --muy poco-- tardará en llegar otra nueva.

 

Comando Cultural Os Rabiscos, Carlos Taibo. ¿El Final de la crisis ?

sarampelo 17/09/2009 @ 23:56

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Artigo para o Mañanceiro de Carlos Taibo

¿El final de la crisis? 

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*Carlos Taibo 

           Tiene su miga determinar quiénes son los que establecen cuándo una crisis es tal y cuándo esa misma crisis ha tocado a su fin. Y tiene su miga porque las fórmulas abrazadas por estas gentes son cualquier cosa menos claras, confundidas como aparecen con intereses a menudo inconfesables. Que el capitalismo global estaba en crisis manifiesta antes de septiembre de 2007 era una evidencia para cualquier analista moderadamente sensible, y ello por mucho que los adalides de los sistemas que padecemos prefiriesen esquivar, entonces, esa conclusión. Hoy, en paralelo, sobran las razones para afirmar que el final de la crisis que empieza a cobrar cuerpo en el discurso oficial sólo puede darse por bueno si se cancelan las cautelas más elementales.

           

       Para dar cuenta de lo anterior lo primero que se impone es recordar que las reiteradas declaraciones que han cobrado cuerpo los últimos días en lo que atañe al final de la etapa de recesión beben en buena medida de un designio prefijado: el de generar un escenario psicológico que permita que ese final se haga realidad, y ello aun en ausencia de elementos materiales que apuntalen el proceso. Más allá de ello, y como quiera que, fanfarria retórica aparte, no hay motivos para afirmar que las reglas del juego han cambiado sensiblemente --la desregulación sigue campando, en otras palabras, por sus respetos--, lo suyo es afirmar que, de entrar las economías en una fase de bonanza, por muy relativa que ésta sea, lo más sencillo es que el retorno a un escenario de recesión sea rápido. Hay quien sostiene al respecto que, como quiera que los problemas principales no nacen del capitalismo desregulado, sino de la propia lógica del capitalismo en sí mismo, sin adjetivos, debemos prepararnos para un escenario marcado por el descrédito de los esquemas cíclicos que hemos manejado durante decenios. O lo que es lo mismo: debemos aceptar que la recuperación de la que hablan tantos estudiosos no es sino un fuego de artificio que esconde una nueva crisis que se manifestará con rapidez.

           

        Que las reglas, y los valores, no cambian lo demuestra palmariamente un hecho: nadie parece dispuesto a tomarse en serio una discusión central como es la de la idoneidad del crecimiento económico y del despegue del consumo a la hora de medir cómo van las cosas. Nunca se subrayará lo suficiente que, a diferencia de lo que ocurrió en 1929, el capitalismo se topa hoy con un problema central: el de los límites medioambientales y de recursos del planeta. Cualquier apuesta que dé en defender inopinadamente el crecimiento como panacea resolutora de todos los males --y en ese magma mental se hallan, entre nosotros, tanto el gobierno como la oposición-- arrastra problemas sin cuento que nacen del olvido de circunstancias importantes. Entre ellas despuntan la precaria, por no decir nula, relación entre el crecimiento económico y la cohesión social, el agotamiento de recursos básicos, el despliegue de agresiones medioambientales acaso irreversibles y el asentamiento de un modo de vida esclavo que confunde interesadamente felicidad con consumo.

           

        Parece, por otra parte, que quienes anuncian el final de la crisis sólo tienen en mente la manifestación de ésta que hemos decidido etiquetar de financiera. Hay, sin embargo, en la trastienda, otras crisis que no suscitan, llamativamente, atención alguna. Porque, ¿hemos puesto un freno convincente, por ejemplo, al cambio climático, una realidad inexorable de efectos en todos los casos negativos? ¿Hemos asumido políticas de reducción del consumo y de despliegue de energías renovables que nos permitan encarar con optimismo el incremento, inevitable en el  medio y largo plazo, de los precios de la mayoría de las materias primas energéticas, manifiestamente escasas, que hoy empleamos? ¿Estamos actuando de manera creíble para poner coto a un problema de siempre, como es el de la pobreza y el hambre que atenazan a buena parte de los habitantes del planeta?

           

          Los hechos así, más bien parece que quienes se empeñan en contarnos que la crisis ha terminado están pensando, en exclusiva, en sus intereses más inmediatos y mezquinos, y están olvidando lo que perciben todos los días en su carne la mayoría de los seres humanos. Y es que, y dicho sea de paso, muchos de los habitantes del sur de Asia, del África subsahariana y de América Latina han vivido siempre inmersos en una crisis de la que, las cosas como van, tienen pocas esperanzas de salir.    

 *Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid y autor de En defensa del decrecimiento. 

 

Comando Cultural Os Rabiscos, Carlos Taibo

sarampelo 07/09/2009 @ 23:18

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Artigo de Carlos Taibo

Berlusconi como precursor 

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Carlos Taibo 

          La imagen más común entre nosotros sugiere que el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, es un personaje estrambótico que poco más representaría que la condición, ella misma excepcional, de la Italia de hoy. Conforme a esta lectura de los hechos, no habría motivo alguno para concluir que lo que Berlusconi es y significa bien puede convertirse en un indicador sólido de por dónde soplan los vientos en el mundo occidental de estas horas.  berlusconi_dispara.jpg

               

           No es este el momento ni el lugar para glosar lo que ha ocurrido en la Italia de los últimos decenios. Contentémonos con recordar, sumariamente, que los principales partidos que existían en el país veinte años atrás han desaparecido en un escenario en el que el sector público de la economía ha experimentado un franco deterioro mientras las prácticas ilegales, o alegales, se extendían. Hay quien han creído ver, por otra parte, una extensión al norte italiano de un sinfín de prácticas, bien conocidas, que eran habituales en el sur. Para cerrar el panorama, en fin, muchos hombres de negocios han experimentado audaces promociones en el ámbito de la política, de la mano de una cada vez más evidente supeditación de los poderes públicos a los intereses privados.

       

        Salta a la vista que Berlusconi es la punta del iceberg que ahora nos ocupa. Y lo es con algún agregado más que no conviene dejar en el olvido. Si, por un lado, nuestro hombre dispone de un imperio mediático en modo alguno despreciable, por el otro no ha dudado en buscar a menudo el apoyo de la derecha más obscenamente xenófoba. Para que nada falte, en fin, el hoy primer ministro ha asumido un curioso juego moral que le permite desplegar de forma simultánea una cerril oposición a la eutanasia, sobre la base de presuntas convicciones morales y religiosas, mientras ha dado rienda suelta a una conducta sexual que sorprendentemente no provoca que la jerarquía eclesiástica italiana se rasgue las vestiduras.

       

       Pero volvamos al principio y subrayemos que sobran las razones para concluir que Berlusconi no es, pese a las apariencias, una rareza, sino, antes bien, el camino que muchos de los poderes económicos tradicionales han decidido asumir, en Italia como en tantos otros lugares. Si el lector quiere que se le entregue algún dato que obliga a fortalecer esa conclusión, ahi está --y olvidemos un momento a los políticos-- el de la conducta electoral de muchos de nuestros conciudadanos, firmemente decididos, por lo que parece, a respaldar electoralmente a figuras que en mucho recuerdan al primer ministro italiano. Para explicarlo no hay que ir muy lejos. Esos ciudadanos de los que hablamos estiman, por lo pronto, que todos los dirigentes políticos son iguales en lo que hace a la corrupción, algo que, por lógica, invita a no modificar apoyos electorales de largo aliento. Más allá de ello, esos mismos ciudadanos consideran, con buen criterio, que en la conducta de gentes como Berlusconi hay un muy saludable estímulo para la delincuencia individual del que, mal que bien, es obligado sacar partido. Prestémosle, pues, atención a lo que se cuece en Italia porque guarda mayor relación de lo que parece con lo que, aquí mismo, tenemos entre manos.

 

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Comando Cultural Os Rabiscos-¿Y esto es la sostenibilidad?, Carlos Taibo

sarampelo 26/05/2009 @ 22:15

 Comando Cultural Os Rabiscos

Artigo de Carlos Taibo para o Mañanceiro

¿Y esto es la sostenibilidad?  

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Carlos Taibo

(Público) 


      En los últimos meses han pasado por los estudios de televisión y de radio, y se han pronunciado en las páginas de los periódicos, decenas de dirigentes políticos, de economistas, de sindicalistas y de periodistas, próximos al gobierno o cercanos a la oposición. Aunque a menudo disientan en lo que respecta a las medidas precisas que conviene arbitrar, todos parecen estar de acuerdo en algo importante: para dejar atrás la crisis en curso hay que recuperar la senda del crecimiento económico y conseguir que despierte de una vez por todas el consumo.

    

      En un planeta en el que sobran los argumentos para afirmar que el crecimiento no genera cohesión social, provoca agresiones medioambientales muchas veces irreversibles y propicia el agotamiento de recursos que no estarán a disposición de las generaciones venideras, cada vez es más urgente que busquemos, por ello, otros horizontes. Sorprende, sin embargo, que muchos de quienes han hecho de la sostenibilidad su bandera de enganche prefieran esquivar la conclusión de que en los países ricos tenemos que asumir cuanto antes reducciones drásticas en la producción y en el consumo, de la misma suerte que tenemos que repartir el trabajo en provecho de modelos que hagan de la redistribución de la riqueza, de la vida social, del ámbito local y del ocio creativo sus cimientos.

    

     Nada de esto último se aprecia, ni de lejos, en las posiciones que abrazan hoy nuestros gobernantes, empeñados en sacar adelante diagnósticos de lo que sucede tan errados como interesados. Recuérdese que hace algo más de un año el presidente Rodríguez Zapatero eludía mencionar, en sus discursos, la palabra 'crisis'. Después se inclinó por arrojar todas las culpas de lo que ocurría sobre los desmanes que ha dado en exportar la economía norteamericana --ninguna correspondía, en cambio, a un modelo, el español, al parecer en modo alguno lastrado por flujos especulativos de diversa índole--, para, en los últimos tiempos, descargar sus iras contra una burbuja inmobiliaria que, según una singularísima visión, nada habría tenido que ver con las políticas alentadas por el Partido Socialista desde las más diversas instancias. ¿Cuánto tiempo tardará Rodríguez Zapatero en percatarse de las contradicciones flagrantes de lo que defiende ahora?

    

     Y es que no hay manera de casar el omnipresente discurso de la sostenibilidad con medidas como las que el gobierno español ha decidido alentar en respuesta a la crisis. Una de ellas es esa enloquecida apuesta por la alta velocidad ferroviaria que tanto gusta --dicen-- al presidente norteamericano de estas horas. A su amparo está claro qué es lo que se nos viene encima: una forma de transporte que reclama salvajes agresiones contra el medio, propicia la desertización ferroviaria del grueso del territorio, es extremadamente onerosa en términos energéticos y se traduce en precios inalcanzables para la mayoría de los ciudadanos. Otra de esas medidas la aporta la frenética construcción de nuevas autovías sin que nadie explique convincentemente quién las va a poder utilizar en el futuro, cuando se disparen los precios de las materias primas energéticas que empleamos. Qué no decir, en fin, de la impresentable, y discriminatoria, decisión de subvencionar con recursos públicos la compra de automóviles. ¿No sería más razonable que, lejos de pensar en los intereses de las grandes empresas, nuestros gobernantes ayudasen, antes bien, a quienes han decidido prescindir de un instrumento, el coche, que retrata cabalmente muchos de los elementos de insostenibilidad que atenazan a nuestras sociedades? Mientras se apoyan con descaro olímpicas parafernalias, por momentos despunta, en fin, la lamentable retahíla que da cuenta del liderazgo español en tecnologías verdes, casi siempre adobada, por añadidura, con la triste defensa, también en este ámbito, de la competición más feroz.

    

    Bien es cierto que los desafueros transcienden el terreno de la sostenibilidad. Para cerrar el círculo, nuestros gobernantes repiten incansables que no van a aceptar rebajas, en provecho de los empresarios, en lo que atañe a las reglas del juego del mercado laboral. Empiezan a menudear las noticias, sin embargo, que sugieren que el Partido Socialista sopesa introducir algunas de esas rebajas en un escenario en el que los empresarios a los que acabo de referirme no tienen mucho de qué quejarse: al amparo de una precariedad que se impone por doquier, las normas imperantes han permitido --no se olvide-- un crecimiento espectacular de la cifra de desempleados, en muchos casos sin cobertura alguna.

    

    Para que nada falte, entre nosotros se ha optado por importar un modelo, el norteamericano, que defiende medidas de socorro tan generosas como urgentes cuando las entidades financieras están al borde de la quiebra, pero no actúa con la misma benevolencia y energía cuando son las economías de los trabajadores --recuérdese a las decenas de miles de inmigrantes que contrajeron hipotecas en condiciones próximas a la usura-- las que se hallan con el agua al cuello. Y es que quienes nos dirigen, de siempre remisos a poner el dedo en la llaga de lo que supone un capitalismo depredador e injusto --hoy, por cierto, a la deriva--, defienden, sí, el bien común... siempre y cuando no choque con los intereses particulares de las grandes empresas. Que se lo digan, si no, a Microsoft, que a buen seguro se apresta a sacar tajada de ese ambicioso programa que, de hacerse realidad, pondrá en manos de nuestros niños un magnífico ordenador llamado a resolver mágicamente las carencias del sistema educativo que arrastramos.  

 

Comando Cultural Os Rabiscos-Sobre el término decrecimiento y sus usos-Carlos Taibo

sarampelo 13/04/2009 @ 21:53

 

 

 

 

Comando Cultural Os Rabiscos

 Artigo para o Mañanceiro de Carlos Taibo

 

         Sobre el término decrecimiento y sus usos 

 

 

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Carlos Taibo      

          No es propósito de estas líneas explicar lo que en los últimos tiempos se entiende por decrecimiento. Me limitaré a señalar que somos muchos los que pensamos que, habida cuenta de la magnitud de las agresiones que el capitalismo imperante ha asestado contra la naturaleza, y al menos en el Norte opulento, se impone reducir los niveles de producción y de consumo de muchos bienes, y ello de resultas de al menos tres circunstancias: vivimos por encima de nuestras posibilidades, es urgente cortar emisiones que dañan peligrosamente el medio y, en fin, empiezan a faltar materias primas vitales, en lo que se antoja un regalo envenenado para las generaciones venideras. Por emplear las palabras de Beppo Grillo, "el único programa que necesitamos se resume en una palabra: menos. Menos trabajo, menos energía, menos materias primas".                       

          Lo que quiero discutir, antes bien, es si el término decrecimiento es el adecuado para describir esa propuesta o, por el contrario, y como señalan voces muy respetables, arrastra problemas severos. Dejaré claro desde el principio cuál es mi percepción al respecto: aunque no deseo ignorar que ese vocablo plantea, sí, sus problemas y no es en modo alguno perfecto, al cabo sugeriré que, pese a ello, tiene virtudes que lo hacen preferible a otros --la verdad es que no sobran los posibles sustitutos-- que se sugieren como alternativos.                         

               Empezaré por señalar que, hablando en propiedad, ninguno de los conceptos que utilizamos para describir iniciativas complejas deja de suscitar polémicas. Valga un ejemplo para ilustrarlo: aunque la mayoría de los improbables lectores de este texto se confesarán anticapitalistas, parece evidente que no todos los discursos que se reclaman de esa etiqueta son suscribibles. Determinadas modulaciones del rigorismo islamista, sin ir más lejos, contestan agriamente el capitalismo sin que --parece-- sus cimientos conceptuales y su propuesta final sean, claro, los nuestros.                         

              A duras penas, y en semejantes condiciones, podría uno pretender que el término decrecimiento está libre de carencias y pecados. Hay quien señalará, así, que en realidad en el planeta contemporáneo se ha abierto camino en los últimos meses un activo proceso de decrecimiento que es resultado de eso que ha dado en llamarse crisis financiera; salta a la vista que ese proceso nada tiene que ver, sin embargo, con lo que proponemos, y ello por mucho que, a la hora de describirlo, resista el empleo --bien es verdad, eso sí, que más bien raro-- del mismo término. En paralelo, tampoco faltará quien aduzca que la palabra crecimiento en su sentido más cotidiano tiene entre nosotros un cariz positivo --el que se revela cuando hablamos, por ejemplo, de crecimiento personal--, de tal suerte que no parecería razonable atribuir una condición saludable, también, a su antítesis. En un sentido más profundo, lo suyo es reconocer que lo del decrecimiento acarrea un riesgo nada despreciable: si declaramos rechazar el concepto de crecimiento porque entendemos que incorpora una aberrante inclinación en provecho de lo estrictamente cuantitativo y en detrimento de la consideración de variables sociales y medioambientales fundamentales, corremos el riesgo de que, al contraponer el vocablo decrecimiento, éste se vea impregnado del cuantitativismo de su contrario, de tal suerte que se traslade la idea de que, en los hechos, lo único que demandamos es que se verifiquen reducciones en los niveles de producción y de consumo.                             

           Al respecto, y en una primera y respetable respuesta, se aducirá, entonces, que debemos poner el acento, no en la demanda de esas reducciones, sino en la condición del proyecto alternativo --primacía de la lógica social frente al consumo y la propiedad, reparto del trabajo, ocio creativo, reducción del tamaño de muchas infraestructuras, preponderancia de lo local sobre lo global, sobriedad y simplicidad voluntarias-- que defendemos, o, lo que es casi lo mismo, que debemos tirar por la borda el término decrecimiento. Sospecho que, de operar de esa manera, lo que ganaremos por un lado lo perderemos por el otro. No se trata, claro, de esquivar la mención, siempre necesaria, de los rasgos del proyecto alternativo. Lo que se trata es de preguntarse si la mera enunciación de éste, mil veces realizada desde la trinchera del ecologismo radical, es suficiente, en clave de comunicación pública, para desvelar un problema tan hondo como el que hoy tenemos entre manos y para despertar muchas conciencias aletargadas. Y ello por no hablar de lo que por momentos parece evidente: algunas de las manifestaciones del proyecto ecosocialista de siempre no acaban de dar el paso definitivo en el sentido de cuestionar directamente las presuntas virtudes del crecimiento económico tal y como éste se despliega en nuestras sociedades. En ese sentido, el término decrecimiento, pese a su carencias, tiene la virtud de poner delante de nuestros ojos determinadas exigencias que en otras circunstancias quedarían un tanto mortecinas. Dicho sea de paso, no parece que sea distinto lo que corresponde afirmar del vocablo acrecimiento, que más bien parece invocar la conveniencia de dejar, sin más, las cosas como están.                               

               Es verdad, sí, que la discusión que nos atrae tiene perfiles distintos si utilizamos los indicadores económicos del sistema o si empleamos otros de carácter alternativo. En el primer caso no hay manera de esquivar una conclusión: nuestra demanda de acabar con la actividad --o al menos de reducir ésta sensiblemente-- de sectores como el de la industria militar, el automovilístico, el de la aviación, el de la construcción o el de la publicidad se traduciría inevitablemente en una reducción del producto interior bruto (PIB), sin que sea sencillo entender qué es lo que de malo aprecian en ello quienes recelan del término decrecimiento. Parece como si reclamar medidas que deben rebajar los niveles del PIB fuera, en sí misma, una actividad pecaminosa. Harina de otro costal es, claro, lo que sucedería si utilizásemos indicadores alternativos que valoren en su justo punto las actividades --enunciemos su condición de manera muy general-- de cariz social y medioambiental. No hay ningún motivo para rechazar que, entonces, el retroceso de los sectores económicos cuya actividad queremos que se reduzca se vería compensado por el impulso que recibirían esos menesteres sociales y medioambientales, con lo que, en el cómputo final, la economía en conjunto podría, con arreglo a esos indicadores, no decrecer                             

               Pero no debemos olvidar que, por muy lógica que sea esta última consideración, y no sin paradoja, lo cierto es que el común de las gentes razona en términos de los indicadores convencionales, de tal suerte que parece preferible poner delante de los ojos de la ciudadanía lo que aquéllos, pese a su impresentabilidad general, revelan bien a las claras: el peso ingente de actividades económicas extremadamente dañinas para el medio natural y la necesidad consiguiente de ponerles freno. Ya sé que hay quien aducirá que asumir como propio, aun a regañadientes, ese terreno de juego es una opción delicada, o al menos lo es si uno demanda, en época de elecciones, el cierre de un sinfín de complejos fabriles y el reparto del trabajo (tal vez esto explica, siquiera sólo sea de modo parcial, por qué el ámbito en el que las propuestas de decrecimiento germinan con mayor rapidez es el que proporciona el mundo libertario, por definición ajeno a las consultas electorales).                                  

                 La réplica en este caso es sencilla: lo que en ningún caso debemos hacer es trampear con cuestiones tan delicadas como éstas, toda vez que podríamos deslizarnos por un camino mil veces recorrido, como es el de rebajar nuestras propuestas para que la ciudadanía no vea en ellas lo que a muchos nos gustaría, muy al contrario, que viese con claridad. En este orden de cosas, el término decrecimiento tiene la virtud del aldabonazo que coloca delante de nuestros ojos un problema fundamental tras obligarnos a formular preguntas muy delicadas sobre la sinrazón que rodea al crecimiento que nos venden por todas partes. Creo firmemente, por lo demás, que eso es lo que aprecian en él la mayoría de los interpelados, como me atrevo a adelantar que en realidad la posición de algunos de sus detractores nace, no de una disputa nominalista menor y comprensible, sino, antes bien, de una discrepancia con respecto al fondo de la cuestión, una discrepancia que oculta en su caso la huella de un discurso productivista que se resiste a tomar nota de lo que ocurre hoy en el planeta.                                   

                  Esa capacidad de despertar conciencias no la tiene, por lo demás, ninguno de los respetables vocablos alternativos que se manejan. Ello no es óbice, naturalmente, para que quienes nos reclamamos del decrecimiento pongamos todo nuestro empeño en subrayar que el proyecto correspondiente no implica en modo alguno, antes al contrario, una general infelicidad. Trabajaremos menos y, muchos, ganaremos también menos dinero, pero disfrutaremos de más tiempo para otros menesteres y demostraremos fehacientemente que es posible vivir, más felices, consumiendo mucho menos y asumiendo, claro, un ambicioso proyecto de redistribución de la riqueza.

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Comando Cultural Os Rabiscos-En defensa del decrecimiento-Carlos Taibo

sarampelo 12/03/2009 @ 14:22

Comando Cultural Os Rabiscos 

Artigo de Carlos Taibo para o Mañanceiro   

En defensa del decrecimiento carlos-taibo6.jpg 

*Carlos Taibo           

        La visión dominante en las sociedades opulentas sugiere que el crecimiento económico es la panacea que resuelve todos los males. A su amparo --se nos dice-- la cohesión social se asienta, los servicios públicos se mantienen, y el desempleo y la desigualdad no ganan terreno. Sobran las razones para recelar, sin embargo, de todo lo anterior. El crecimiento económico no genera --o no genera necesariamente-- cohesión social, provoca agresiones medioambientales en muchos casos irreversibles, propicia el agotamiento de recursos escasos que no estarán a disposición de las generaciones venideras y, en fin, permite el triunfo de un modo de vida esclavo que invita a pensar que seremos más felices cuantas más horas trabajemos, más dinero ganemos y, sobre todo, más bienes acertemos a consumir.  2544907256_77f550ddcf.jpg               

         Frente a ello son muchas las razones para contestar el progreso, más aparente que real, que han protagonizado nuestras sociedades durante decenios. Piénsese que en EE.UU., donde la renta per cápita se ha triplicado desde el final de la segunda guerra mundial, desde 1960 se reduce, sin embargo, el porcentaje de ciudadanos que declaran sentirse satisfechos. En 2005 un 49% de los norteamericanos estimaba que la felicidad se hallaba en retroceso, frente a un 26% que consideraba lo contrario. Muchos expertos concluyen, en suma, que el incremento en la esperanza de vida al nacer registrado en los últimos decenios bien puede estar tocando a su fin en un escenario lastrado por la obesidad, el estrés, la aparición de nuevas enfermedades y la contaminación.                     

            Así las cosas, en los países ricos hay que reducir la producción y el consumo porque vivimos por encima de nuestras posibilidades, porque es urgente cortar emisiones que dañan peligrosamente el medio y porque empiezan a faltar materias primas vitales. Por detrás de esos imperativos despunta un problema central: el de los límites medioambientales y de recursos del planeta. Si es evidente que, en caso de que un individuo extraiga de su capital, y no de sus ingresos, la mayoría de los recursos que emplea, ello conducirá a la quiebra, parece sorprendente que no se emplee el mismo razonamiento a la hora de sopesar lo que las sociedades occidentales están haciendo con los recursos naturales. Para calibrar la hondura del problema, el mejor indicador es la huella ecológica, que mide la superficie del planeta, terrestre como marítima, que precisamos para mantener las actividades económicas. Si en 2004 esa huella lo era de 1,25 planetas Tierra, según muchos pronósticos alcanzará dos Tierras --si ello es imaginable-- en 2050. La huella ecológica igualó la biocapacidad del planeta en torno a 1980, y se ha triplicado entre 1960 y 2003.  3133141468_262f354c1c.jpg                      

               A buen seguro que no es suficiente, claro, con acometer reducciones en los niveles de producción y de consumo. Es preciso reorganizar nuestras sociedades sobre la base de otros valores que reclamen el triunfo de la vida social, del altruismo y de la redistribución de los recursos frente a la propiedad y al consumo ilimitado. Hay que reivindicar, en paralelo, el ocio frente al trabajo obsesivo, como hay que postular el reparto del trabajo, una vieja práctica sindical que, por desgracia, fue cayendo en el olvido. Otras exigencias ineludibles nos hablan de la necesidad de reducir las dimensiones de las infraestructuras productivas, administrativas y de transporte, y de primar lo local frente a lo global en un escenario marcado, en suma, por la sobriedad y la simplicidad voluntaria.                       

                    Hablando en plata, lo primero que las sociedades opulentas deben tomar en consideración es la conveniencia de cerrar --o al menos de reducir sensiblemente la actividad correspondiente-- muchos de los complejos fabriles hoy existentes. Estamos pensando, cómo no, en la industria militar, en la automovilística, en la de la aviación y en buena parte de la de la construcción. Los millones de trabajadores que, de resultas, perderían sus empleos deberían encontrar acomodo a través de dos grandes cauces. Si el primero lo aportaría el desarrollo ingente de actividades en los ámbitos relacionados con la satisfacción de las necesidades sociales y medioambientales, el segundo llegaría de la mano del reparto del trabajo en los sectores económicos tradicionales que sobrevivirían. Importa subrayar que en este caso la reducción de la jornada laboral bien podría llevar aparejada, por qué no, reducciones salacartel_pepa_portada.jpgriales, siempre y cuando éstas, claro, no lo fueran en provecho de los beneficios empresariales. Al fin y al cabo, la ganancia de nivel de vida que se derivaría de trabajar menos, y de disfrutar de mejores servicios sociales y de un entorno más limpio y menos agresivo, se sumaría a la derivada de la asunción plena de la conveniencia de consumir, también, menos, con la consiguiente reducción de necesidades en lo que a ingresos se refiere. No es preciso agregar --parece-- que las reducciones salariales que nos ocupan no afectarían, naturalmente, a quienes menos tienen.                        

               El decrecimiento no implicaría, para la mayoría de los habitantes, un deterioro de sus condiciones de vida. Antes bien, debe acarrear mejoras sustanciales como las vinculadas con la redistribución de los recursos, la creación de nuevos sectores, la preservación del medio ambiente, el bienestar de las generaciones futuras, la salud de los ciudadanos, las condiciones del trabajo asalariado o el crecimiento relacional en sociedades en las que el tiempo de trabajo se reducirá sensiblemente. Al margen de lo anterior, conviene subrayar que en el mundo rico se hacen valer elementos --así, la presencia de infraestructuras en muchos ámbitos, la satisfacción de necesidades elementales o el propio decrecimiento de la población-- que facilitarían el tránsito a una sociedad distinta. Y es que hay que partir de la certeza de que, si no decrecemos voluntaria y racionalmente, tendremos que hacerlo obligados de resultas del hundimiento, antes o después, de la sinrazón económica y social que padecemos.   

 

*Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid y colaborador de Bakeaz.

 

Comando Cultural "Os Rabiscos"-Fuimos nosotros-Carlos Taibo

sarampelo 10/02/2009 @ 17:26

Comando Cultural “Os Rabiscos”   

Artigo de Carlos Taibo Arias para O Mañanceiro 

 

Fuimos nosotros 

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Carlos Taibo 

 

 

 

Nuestros dirigentes políticos repiten incansables que a la ciudadanía hay que hablarle de lo que realmente le preocupa. Aunque la recomendación parece llena de buen sentido, las más de las veces oculta una obscena invitación a la más radical insolidaridad y, con ella, un manifiesto olvido de quienes no disfrutan de nuestra relativa condición de privilegio. El ejercicio de atontamiento resultante permite, por ejemplo, que la reciente agresión israelí en Gaza apenas haya suscitado entre nosotros, en la calle, otra cosa que distantes y fríos comentarios, y obliga a concluir que un concepto muy respetable, el que nos habla de conflictos olvidados, chirría por cuanto deja la impresión de que hay conflictos que de verdad nos interesan.                      

 

 En la configuración de lo que al cabo es un silencio cómplice no falta tampoco la responsabilidad de los medios. Aunque en general estos últimos han asumido una lectura hostil de lo que Israel hizo las últimas semanas, lo cierto es que rara vez han puesto toda la carne en el asador. Ya sabemos que la capacidad movilizadora de los medios se circunscribe a los casos en los que están en juego --así ocurrió en 2003 cuando los afines al Partido Socialista decidieron contestar la agresión que EE.UU. preparaba en Irak-- prosaicas disputas entre gobierno y oposición, con los intereses imaginables.    1_87143_1_16.gif                    

 

 La propia actitud de algunas de las instancias políticas que al cabo se inclinaron por exhortar, con un sinfín de cautelas, a la movilización está cargada de equívocos. El tono cada vez más duro que el mentado Partido Socialista fue empleando para calificar la despiadada agresión israelí en Gaza apenas acertaba a ocultar que el gobierno sustentado por esa fuerza política no tuvo el coraje de llamar a consultas al embajador en Tel Aviv, nada hizo para cancelar el trato comercial de privilegio con que la UE obsequia al Estado sionista y no dejó de alentar, por cierto, la venta de armas a este último.                         

 

Si todo lo anterior se convierte en explicación razonable de por qué, pese al dramatismo de la situación, fueron tan pocos los que, entre nosotros, protestaron por lo que sucede en Gaza, algo nos hace saber sobre nuestras actitudes ante los conflictos. Muchas veces he señalado que la atención que dispensamos a éstos mengua cuanto más hacia el este y más hacia el sur se desarrollan. Tiene uno derecho a adelantar que por detrás de la ley enunciada despunta un código etnocéntrico que nos aconseja mostrar una mayor compasión hacia las víctimas de los conflictos cuando entendemos que --véase el ejemplo de Bosnia-- aquéllas son gentes que se asemejan, mal que bien, a nosotros, y que, en cambio, tendemos a desentendernos de las guerras cuando sus protagonistas, víctimas o agresores, nos pillan --Chechenia o los Grandes Lagos-- muy lejos.                          

 

Rescato lo anterior porque lo que a la minoría resistente le subleva en el conflicto palestino-israelí no es la condición, próxima o lejana, de las víctimas, sino, antes bien, la naturaleza, apenas oculta, del agresor israelí. Y es que sobran las razones para afirmar que somos nosotros mismos, nuestra rutilante civilización, sus intereses y su tecnología, los protagonistas de lo que en los hechos es --liberémonos de represoras cautelas verbales-- un genocidio sobre un pueblo, el palestino, expulsado de su país, arrinconado durante decenios en genuinos ghettos y condenado a depender de otros en lo que hace al reconocimiento de sus derechos más elementales.    untitledyy.jpg                     

 

Años atrás recibí --junto con otros muchos que habíamos suscrito un manifiesto en el que se pedía la ruptura de relaciones con las universidades israelíes que no hubiesen asumido una  contestación cristalina de la enésima represión padecida por el pueblo palestino-- un correo electrónico en el que se glosaban las aportaciones que, en forma de un sinfín de premios Nobel, habían realizado los judíos y se comparaban con la liviandad de las que correspondían, en cambio, al mundo árabe. El mensaje arrastraba dos vicios aterradores. Si el primero conducía a confundir a un pueblo por muchos conceptos admirable, el judío, con  la ignominia que ha resultado ser el Estado de Israel --y a olvidar que hay muchos judíos no sionistas--, el segundo era acaso más grave: el texto en cuestión daba alas al discurso del colonialismo más burdo, de siempre empeñado en ponderar nuestra racial superioridad sobre los pueblos primitivos y en olvidar en qué grandísima medida nuestra condición de privilegio nace del expolio de los recursos, humanos como materiales, de esos pueblos. Quien justifica, en suma, el genocidio palestino sobre la base de la supuesta superioridad cultural --y cabe suponer que moral-- del ocupante que lo asesta da cuenta de manera fehaciente de su miseria en todos los órdenes.          boa1.jpg         

 

Nuestro silencio cómplice ante lo ocurrido en Gaza acarrea, con todo, una dimensión más. Hace unos meses un colega palestino tuvo a bien recordar que en el caso que hoy nos ocupa las víctimas del genocidio ni siquiera pueden ampararse en el público y planetario desconocimiento de lo que ocurre. Algún día alguien deberá preguntarnos, con un punto de ingenuidad, por qué callamos. Y alguien tendrá que responder, de forma escueta, que Israel es punta de lanza principal de nuestros impresentables  designios de dominación y expolio en la región más caliente del planeta.       

 

Comando Cultural Os Rabiscos,Lo que significa Hamás, Carlos Taibo

sarampelo 19/01/2009 @ 15:22

 Comando Cultural Os Rabiscos,

comentario do profesor Carlos Taibo

Lo que significa Hamás 

 

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Carlos Taibo 

Quienes se han entregado a la defensa del terror de Estado que Israel protagoniza en Gaza tienen siempre en los labios el nombre de Hamás y el recordatorio de la condición terrorista y fundamentalista de esta organización. Con el impacto emocional que las acompaña, tales etiquetas cancelan, claro, cualquier reflexión racional sobre lo que Hamás significa.images18.jpg     

Desde el triunfo electoral de la organización islamista en 2006, a Hamás se le han formulado tres exigencias que curiosamente nadie ha tenido a bien plantear a Israel: que abandone la violencia, que reconozca a su enemigo y, en suma, que acate los maltrechos acuerdos de paz heredados del pasado. Esta última demanda es tanto más sorprendente cuanto que el propio Israel ha declarado muertos en repetidas oportunidades esos acuerdos. No sólo eso: ha hecho en todo momento lo que estaba de su mano para evitar que fuesen mínimimente creíbles, como lo testimonian una crudelísima represión, la prosecución de la ocupación --apariencias aparte Gaza ha seguido siendo un territorio ocupado--, la permanente creación de nuevas colonias o, en fin, la construcción imagesbarak.jpgdel muro en Cisjordania.  

Las circunstancias que acompañan a la exigencia que nos ocupa son singularmente irritantes porque ignoran lo principal: si la mayoría de los palestinos residentes en Gaza, y muchos de los que viven en Cisjordania, otorgó su respaldo electoral a Hamás tres años atrás, cabe adelantar que no fue por su simpatía hacia el rigorismo religioso de la organización islamista. Aunque la actividad social desplegada por esta última a buen seguro levantó adhesiones en un escenario marcado por la corrupción que ha acosado a todas las instituciones dirigidas por Fatah, la razón principal que aconsejó a muchos palestinos a respaldar a Hamás no fue otra que su rechazo frontal de los acuerdos de paz que vinculamos con el nombre de Oslo. Y es que en el mejor de los casos --subrayemos el vigor de esta cláusula-- esos acuerdos auguraban la gestación de un Estado palestino inviable y manifiestamente sometido a la lógica colonial de Israel.

Llamativo resulta, por cierto, que esto se haya olvidado en provecho de una casi universal atribución de la responsabilidad del fracaso de las negociaciones al capricho de los dirigentes palestinos. imagesolmert.jpg Así las cosas, la operación encaminada a estrangular a Hamás en los últimos años ha tenido como correlato principal, claramente buscado, el de cercenar toda posibilidad de que entre la población palestina se hiciese valer una legítima resistencia ante unos acuerdos de paz manifiestamente indecorosos. Cierto es que en ese juego no sólo ha participado Israel: también han colaborado la Autoridad Nacional Palestina y el grueso de los gobiernos árabes, con Egipto a la cabeza. Ha sido también ésta la infeliz e irracional estrategia avalada, claro, por las potencias occidentales.

Nadie ha explicado convincentemente --dicho sea de paso-- la conducta de la Unión Europea, que años atrás, y en virtud del fraude electoral al que se habían entregado, prohibió la entrada en su territorio al presidente bielorruso, Lukashenko, y a una veintena de sus colaboradores. Al parecer, los más de mil muertos registrados en Gaza, a los que se suma una cifra similar contabilizada en el Líbano en 2006, no son razón suficiente para impedir la llegada a nuestros aeropuertos de Olmert, Barak o Livni. 

 

Comando cultural Os Rabiscos-Carlos Taibo-Summers, el compadre de Obama

sarampelo 02/12/2008 @ 00:05

Comando Cultural Os Rabiscos

*Artigo de Carlos Taibo Arias 

 

 

Summers, el compadre de Obama 

 

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Carlos Taibo 

 

Leo, ya sin mayor sorpresa, que en el selecto grupo de colaboradores que Barack Obama ha ido perfilando para sacar adelante a la economía norteamericana destaca un nombre: el de Lawrence Summers. Figura singularmente conflictiva --un diario madrileño nos recuerda, con tino, que “su estilo directo y combativo le ha granjeado muchos enemigos“--, Summers fue en el pasado secretario del Tesoro con Clinton y dirigió, con posterioridad, la prestigiosa universidad de Harvard.

        

 Mucho me temo que, las cosas como van, hay pocos motivos para alimentar la idea de que Obama se apresta a imprimirle un giro notabilísimo a las políticas abrazadas en los últimos años por el gobierno norteamericano. Me va a permitir el lector que, al amparo del nombramiento de Summers, me entregue a la tarea de rescatar unas opiniones que este último formuló hace algo más de un decenio. He sostenido muchas veces, por cierto, que esas opiniones configuran un retrato cabal de las miserias que rodean al proceso de globalización. summers.jpg

        

Summers sostuvo en su momento --y vayamos al grano-- que estaba justificado transferir a los países pobres las industrias contaminantes. Al respecto adujo tres argumentos distintos. El primero señala que, como quiera que los salarios son más bajos en el Tercer Mundo, los costos económicos de la contaminación, derivados del crecimiento inevitable en el número de enfermedades y de muertes, serán también afortunadamente más bajos en los países pobres.

        

La segunda de las razones aducidas por Summers apunta que, como en buena parte del Tercer Mundo la contaminación todavía es escasa, lo lógico es contaminar allí donde menos se contaminó con anterioridad. Cito literalmente a nuestro personaje: “Siempre he pensado que los países de África están demasiado poco contaminados; la calidad del aire es probablemente excesiva e innecesaria en comparación con lo que ocurre en Los Ángeles o en México D.F.“.

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Vaya el tercer, y último, de los argumentos esgrimidos por el flamante colaborador de Obama: como quiera que los pobres son pobres, no cabe esperar que se ocupen en demasía por los problemas medioambientales. Démosle de nuevo la palabra a Summers: “La preocupación por un agente que causa una posibilidad entre un millón de contraer un cáncer de próstata será con certeza mucho mayor en un país en el que la población vive lo suficiente como para contraer un cáncer de próstata que en otro en el que la mortalidad antes de los cinco años de edad resulta ser de doscientos por mil”.

        

 Aunque las opiniones de Summers --parece-- se glosan por sí solas, no está de más que rescate un comentario que, sobre ellas, se sintió obligada a realizar Vandana Shiva, una activista india bien conocida entre nosotros. Shiva afirmó que “la lógica que aplican  determinados economistas valora la vida humana de manera diferente en el Norte rico y en el Sur empobrecido”. Quede claro, de cualquier modo, que la novedad de estas horas no es que se viertan ideas tan macabras como las manejadas por Summers. Lo llamativo es, antes bien, que Barack Obama, el presidente en ciernes que ha hecho despertar tantas esperanzas, empiece a cancelarlas con tanta rapidez y con tan demedido sentido de la provocación.   

 

*Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid y colaborador de Bakeaz. 

 

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O día 5 de decembro ás 19,30 horas, na sala de conferencias do

Auditorio de Vilagarcía de Arousa teremos a sorte de escoitar a

Carlos Taibo nunha disertación sobre a crise que estamos vivindo.

Alí estaremos para escoitalo e ao mesmo tempo poder sacar algunhas

conclusións sobre esta estafa mundial ás clases menos favorecidas.

Publicación do libro de Carlos Taibo-Neoliberais,Neoconservadores,Aznarianos

sarampelo 22/11/2008 @ 01:57
Carlos Taibo lles pon a cara verde aos neocons.
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Teo Cardalda F:
O compañeiro e amigo Carlos ,remata de publicar un novo libro onde lle quita a careta aos neoliberais, neocons e aznarianos. A todos que se presentan con esa cariña de non comer xamais a un miniño, como a ese homiño das Azores, e que están actuando como se foran demócratas de toda a vida.
En fin, xa sabedes, son os lobos coa pel de año.
É un libro moi recomendable e moi interesante.